Guillermo González Sánchez: apertura y cierre de una obra magistral

Por José Enrique Delmonte, arquitecto conservador e investigador

A medida que avanza el tiempo, la obra de los arquitectos dominicanos de la primera mitad del siglo XX produce mayor admiración. Sorprende esa capacidad que tuvieron para insertar el lenguaje del Movimiento Moderno en la arquitectura dominicana en un escenario cargado de historia y reverencias a lo clásico. No tenemos duda en considerarlos valientes por atreverse a proponer esos volúmenes carentes de adornos, bloques desnudos compuestos como si fueran cajas para almacenar, y sus preferencias por lo simple en combinaciones de vidrio y hormigón armado de proporciones encomiables. 

Bien podríamos llegar a conclusiones preliminares por las cuales la sociedad dominicana abrió paso a la arquitectura moderna pocos años después de que en Europa se apostó por ella. Es posible que esa idea de modernización que acompañó el discurso de los pensadores dominicanos desde las últimas décadas del siglo XIX impulsara la producción de una arquitectura que conectara directamente con los patrones extranjeros. También convergía la oportunidad que tuvieron unos pocos dominicanos aspirantes a arquitectos de estudiar en Francia, Bélgica, España o Italia en la época en que emergía esa arquitectura que luego se llamó Moderna con todas sus posibilidades expresivas. Sin embargo, habría que colocar en un punto preponderante la combinación de dos factores eminentemente producto del azar como fueron la destrucción casi total de la ciudad de Santo Domingo y el inicio de un régimen dictatorial que necesitaba un discurso para afianzarse en el sentimiento de los dominicanos. 

 

El paso del ciclón de San Zenón, el 3 de septiembre de 1930, colocó los cimientos para el establecimiento de un nuevo orden de cosas. El gobierno con vocación de eternidad impulsó la idea de modernidad y de construcción de una nueva república que garantizara un mejor escenario para sus habitantes, en rechazo al desorden y a la falta de capacidad de los antecesores en la cosa pública. Por esta razón, la imagen moderna que identificaba la nueva arquitectura importada servía de soporte al discurso de la modernidad.

 

No cabe duda de que tanto el sector privado como el Gobierno dominicano apostaron a la arquitectura moderna para dejar claro su compromiso con el progreso nacional y la visión de transformación que se necesitaba. Por tanto, la sociedad dominicana aceptó el lenguaje propuesto por esa arquitectura que poco a poco comenzó a ocupar espacios importantes en combinación con el peso que la arquitectura tradicional ejercía sobre la imagen de nuestras principales ciudades. La lectura que hoy se hace de todo ese proceso de cambios que sufrió la arquitectura dominicana entre 1930 y 1955 permite comprender que la introducción del lenguaje moderno se hizo con mesura, con pequeñas obras que eran apreciadas por unos pocos hasta que se construyó el conjunto arquitectónico más importante de la historia dominicana y de todo el Caribe: la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, en 1955. 

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PARQUE INFANTIL RAMFIS, 1937. Ciudad Nueva, Santo Domingo
PARQUE INFANTIL RAMFIS, 1937. Ciudad Nueva, Santo Domingo

Diseño de Guillermo González

PARQUE INFANTIL RAMFIS, 1937. Ciudad Nueva, Santo Domingo
PARQUE INFANTIL RAMFIS, 1937. Ciudad Nueva, Santo Domingo

Diseño de Guillermo González

PARQUE INFANTIL RAMFIS, 1937. Ciudad Nueva, Santo Domingo
PARQUE INFANTIL RAMFIS, 1937. Ciudad Nueva, Santo Domingo

Diseño de Guillermo González

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De alguna manera, la Feria cierra el capítulo conceptual de la arquitectura que tuvo que competir con los patrones historicistas, con lo vernáculo y tradicional y con los gustos fascistas de primer orden. Fue la muestra de la diversidad más amplia que la arquitectura moderna mostró de golpe en los dominicanos, donde se marcó la línea divisoria entre lo anacrónico y lo actual, o entre lo improcedente y lo funcional. Se llegó a la modernidad de una vez por todas. 

En ese proceso tuvo que ver la capacidad y liderazgo de un arquitecto llamado Guillermo González Sánchez. Si bien no fue el único ni el primero que actuó para imponer la nueva arquitectura en esta antigua ciudad a orillas del mar Caribe, la calidad de su obra y las distintas escalas que manejó le garantizaron un sitio importante en la historia de la arquitectura dominicana. Cuando Guillermo González retornó al país a mediados de la década de 1930, ya algunos arquitectos dominicanos habían hecho pequeñas obras modernas de atrevidas formas y muy bien concebidas. Algunos habían utilizado el art déco como puente entre lo ecléctico y lo moderno, precisamente en un ejercicio que permitía explorar en la estética de la forma y en la culminación de una propuesta a través de líneas, adosados, altorrelieves y enmarcados de gran capacidad compositiva.

Este lenguaje premoderno que se impuso en el Caribe desde los años veinte en adelante nos legó obras importantes para nuestra historiografía arquitectónica. La opción de utilizar un lenguaje más extremo de lo tradicional, como el planteado en el Movimiento Moderno, resultó un riesgo para los pioneros. Los Pou, Caro Álvarez, Lluberes y D’Alessandro, entre otros, dieron pequeños pasos gigantes para el establecimiento de la arquitectura moderna en Santo Domingo. Sin embargo, en la lejanía podemos entender que se trataba de pequeños juegos de osadía en medio de una atmósfera tradicional, con piezas sueltas que servían de motivación para atraer clientes que comprendieran la capacidad de estos jóvenes diseñadores en un ambiente dominado por constructores prácticos que reproducían patrones publicados en revistas de moda importadas.

Estos nuevos arquitectos nutridos por las exposiciones universales y por los estudios formales en el extranjero, a quienes yo llamaré en este trabajo “los muchachos”, necesitaban separarse de los improvisados con diseños atrevidos, de formas impensables y espacios sugerentes. Todo el orden que ofrecía la nueva arquitectura era promovido como estándares de calidad, de armonía, concebida para la vida moderna que impulsaban los medios de difusión masiva en apogeo (la radio, el cine, la prensa y, más adelante, la televisión).

EDIFICIO COPELLO, 1939. Ciudad Colonial, Santo Domingo.
EDIFICIO COPELLO, 1939. Ciudad Colonial, Santo Domingo.

Diseño de Guillermo González

EDIFICIO COPELLO, 1939. Ciudad Colonial, Santo Domingo.
EDIFICIO COPELLO, 1939. Ciudad Colonial, Santo Domingo.

Diseño de Guillermo González

EDIFICIO COPELLO, 1939. Ciudad Colonial, Santo Domingo.
EDIFICIO COPELLO, 1939. Ciudad Colonial, Santo Domingo.

Diseño de Guillermo González

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Cuando en 1937 Guillermo González propuso su proyecto para la construcción del parque infantil Ramfis en los antiguos terrenos de lo que sería la soñada plaza Colombina desde finales del siglo XIX, destruyó cualquier imaginario de espacio público que podía existir en Santo Domingo. Impuso su personalidad de diseñador confiado en sus instintos de trascendencia frente a otras propuestas que varios de los muchachos no lograron ofrecer en el concurso que se organizó para tal fin. Habría que entender que el espacio público más cercano en el tiempo había sido el parque Enriquillo, de 1930, que reflejaba la tradición de plaza ajardinada con caminos que convergían en un punto central representado por una glorieta de gusto clásico, cuyo origen en el país podría remontarse al parque Independencia, de 1912, concebido por Antonín  Nechodoma (antes ya existían las plazas con una palma real al centro que hacía la misma función organizativa de la glorieta). Guillermo González se desliga del esquema tradicional y produce un diseño impresionante en el que todo el conjunto actuaba como una platea que dialogaba con el mar.

Visto desde el aire se descubren los preceptos del Movimiento Moderno en dos dimensiones planteados como dogma a partir del CIAM de 1928 y de los siguientes. La idea de un eje que organiza toda la composición sustituye el núcleo central de los parques públicos dominicanos desde la colonia, e introdujo la idea de áreas funcionales específicas para la recreación múltiple, la idea de recorrido, de explanada, de convergencia espacial que culminaba con una arcada a manera de lienzo. La presencia del verde como elemento arquitectónico combinado con la dureza o blandura del suelo, la inserción de agua serena como alfombra en la que se reflejaba el cielo, el monolito central como una aguja que establecía una marca en el centro del espacio, compartían un manejo elegante de los distintos niveles que las escalinatas acentuaban con levedad. Impresiona aun hoy día su destreza en la escala y su capacidad de innovación. Con el parque infantil Ramfis se abrió el período de la modernidad más pura de la arquitectura dominicana. 

Dos años después se concluyó el edificio Copello, en el corazón mismo de la ciudad, que demostró que se estaba ante un individuo con capacidades de diseño fuera de lo común. La pureza de este inmueble propio de un racionalismo concebido por los maestros de la arquitectura internacional permite estudiarlo con detenimiento para descubrir sus novedades. Basta con reconocerle su cuidadosa disposición urbana en un lote de esquina en la que González prescindió de la solución tradicional de utilizar un cuerpo esquinero que servía de pívot a cada cara del edificio, ya sea un chanfle, un torreón o una pieza vertical. En contraposición, en el Copello aparece la fachada continua organizada con franjas blancas que se intercalan con franjas transparentes que en la primera planta se retira de la línea urbana para generar un vuelo. En su interior se presenta una distribución funcional con su cuerpo de circulación vertical que ofrece un espectáculo de luz sin precedentes. Cada elemento constructivo fue diseñado por González: vidrieras, pasamanos y barandas, pavimentos, piezas decorativas y la grafía misma del edificio, lo que denota que se estaba ante un diseñador completo que no dejaba nada a la improvisación ni a decisiones descontroladas. Hoy en día se considera este edificio como el punto de consolidación de la arquitectura moderna en Santo Domingo —a sabiendas de que hubo otras previas— por su complejidad y excelencia en su conjunto. 

El dominio del oficio de Guillermo González determinó que fuera escogido para desarrollar la obra moderna más atrevida de todo el país y del Caribe, el hotel Jaragua, inaugurado en 1942. Aquí solo basta con detenernos a recordar un inmueble que se destacó por su carácter fundacional, surgido de la imaginación de un individuo que escudriñó en su yo interior para proponer un edificio que no tenía referentes. Si bien algunos elementos del hotel fueron quizá extraídos de la Feria Mundial de Nueva York de 1939, como la famosa escalera exterior que hoy evoca simbólicamente al Jaragua, la propuesta de González constituye una poética tridimensional que emerge de la costa caribeña. Muchos estudios han abordado este diseño que aún impacta a los que solo pueden conocerlo a través de fotos en blanco y negro. 

La obra privada de Guillermo González Sánchez es digna de memorización y ha sido diezmada continuamente como si hubiesen sido concebidas para desaparecer. A diferencia de la obra de la gran mayoría de los muchachos, a González le ha perseguido la demolición de sus obras como un atentado contra sí mismo. Paradojas del destino.

La obra pública que culmina su catálogo y que no deja dudas de su enorme capacidad como conocedor del lenguaje moderno y como diseñador es el mencionado conjunto urbano-arquitectónico de la antigua Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre. Solo bastaría señalar que este arquitecto produjo una obra descomunal llena de edificios que guardan estrecha relación y sentido de unidad entre todos con una oferta estético-formal de gran diversidad, todo concebido en un tiempo extremadamente corto. Cada edificio es un texto individual que puede leerse prescindiendo de los demás, con su carga expresiva y su destreza en soluciones funcionales. Y al unir todos los textos, se comprende que se está ante la presencia de una narrativa de largo aliento llena de sugerencias inesperadas. Es el epílogo de un verdadero maestro de la arquitectura que aun en lejanía sigue asombrando a los que apuestan por un mejor futuro, motivo de orgullo para la cultura dominicana.